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Fatema, tejedora de alfombras en Kairuán

Andrea González · 8 de mayo de 2026 · 8 min de lectura

Manos de Fatema tejiendo lana sobre un telar tradicional en Kairuán
No lo decidirá la nostalgia. Lo decidirá si tejer da o no da para vivir.

Lo primero que pensé de Tarek fue que quería estafarnos.

Nos abordó en una calle del centro de Kairuán, a media mañana, con la facilidad de quien lo ha hecho mil veces. Hablaba un español roto, suficiente para entenderse, y a cambio de unas monedas se ofreció a llevarnos por sitios que no salen en los folletos. Mi pareja y yo nos miramos con esa desconfianza que el viajero aprende a base de disgustos: detrás de la amabilidad gratuita suele esperar una tienda, una alfombra desplegada en el suelo y un precio que no cuadra con el país que tienes alrededor. Dije que sí de todos modos. A veces vale más dejarse llevar y estar atento.

Tarek cumplió. Nos llevó a un mirador desde el que se ve entera la Gran Mezquita, el santuario islámico más antiguo del Magreb, en una ciudad que para muchos es la cuarta más sagrada del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén. Lo contaba sin solemnidad, como quien habla de su barrio. Caminamos por callejones que se estrechaban hasta rozarnos los hombros, esquivando motos y carros, y yo seguía esperando el momento en que apareciera la trampa. Llegó cuando dijo que quería presentarnos a una amiga. Ya está, pensé. Aquí viene la venta.

La amiga era Fatema.

Su taller no tenía más de diez metros cuadrados, una pieza pequeña dentro de un espacio que su familia ha ido ganando con los años. Dentro había varios telares puestos casi unos contra otros, y cinco o seis mujeres terminando la jornada. Entraba una luz de media tarde, ya cansada, y empezaban a sonar los rezos de la mezquita cercana. Olía a lana. Por debajo de los rezos se colaban las voces de la medina y los pasos de la gente que se dirigía a la oración. Del travesaño del telar de Fatema colgaban los ovillos en fila —azul, terracota, verde, un rojo de óxido, un azul casi negro—, y de la urdimbre tirante iba naciendo, nudo a nudo, una alfombra con un medallón en el centro.

Fatema tendría sesenta y tantos, quizá setenta. Llevaba un vestido largo y oscuro, ceñido a la cintura con un cordón, y un pañuelo de flores pequeñas atado en la nuca. Tenía las manos arrugadas y la cara también, aunque no tanto como cabría esperar de una vida entera frente al telar. Las manos se movían a una velocidad que costaba seguir: encontraban el hilo, lo pasaban, lo apretaban, sin que ella pareciera mirarlas. Hablaba poco. Tenía una voz dulce y pausada, y miraba mucho a los ojos, como si la mirada hiciera el trabajo que el idioma no podía. Yo me defiendo en francés y Fatema también, lo justo; cuando el francés se quedaba corto, Tarek improvisaba un puente entre el árabe y su español de andar por casa.

Vista de la Gran Mezquita de Kairuán desde un mirador de la medina La Gran Mezquita de Kairuán, el santuario islámico más antiguo del Magreb.

Esperé la frase de venta. Le dijimos que viajábamos con una sola mochila, que no nos cabía nada, que aunque quisiéramos no podríamos llevarnos lo que ella estaba tejiendo. Y entonces ocurrió lo contrario de lo que yo había anticipado toda la mañana: en lugar de perder el interés, lo ganó. Quiso saber de dónde veníamos. Preguntó por nuestro país, por cómo habíamos llegado hasta allí. Y se empeñó, sobre todo, en enseñarnos qué era lo que hacía con las manos cada día. No había venta. Solo había una mujer que quería que entendiéramos su oficio. Me avergonzó un poco haber pensado lo que pensé en la calle.

Aprendió a tejer de niña. Tarek nos lo fue traduciendo a trozos, y Fatema lo completaba con gestos. Su padre murió joven, de una enfermedad, y fue su madre quien sacó adelante a toda la familia —mujeres y niños— con un taller pequeño que entonces tenía un par de telares y que hoy pasa de seis. No fue una vocación. Fue lo que daba de comer. Fatema se sentó a tejer porque en su casa se tejía, igual que en tantas casas de Kairuán hubo durante generaciones una habitación con un telar y una mujer delante de él horas y horas. Ahora es ella la que enseña: a sus hijas, a sus nietas, a una de sus hermanas. La cadena no se ha roto. Pero se nota frágil.

Una alfombra como la que tenía entre manos puede llevarle hasta tres meses, según el tamaño. Casi todo lo que sale del taller se vende a través de intermediarios de la medina, que lo colocan a compradores de otras partes del país y del continente; alguna vez, a un turista que pasa. Tarek aseguraba que cada año llegan a Kairuán compradores de toda África en busca de estas alfombras, para casas, hoteles, palacios. No tengo manera de confirmarlo, así que lo dejo en lo que es: lo que él contaba, con el orgullo del que habla de lo suyo. Lo que sí se ve, en cuanto uno mira un poco más allá del telar, es que el oficio se estrecha. La alfombra industrial, más barata, ha ido vaciando un trabajo que pide meses de manos; el barrio de tejedoras de la ciudad lleva años perdiendo telares. Fatema lo sabe mejor que nadie.

Le pregunté, por medio de Tarek, si le gustaba su trabajo. Lo que dijo se me quedó grabado: que su trabajo la hace feliz y que espera no dejarlo nunca. Lo dijo sin énfasis, como una verdad cualquiera. Y a los pocos minutos dijo otra cosa que, puesta al lado de la primera, lo complicaba todo: que lo que desea para las niñas de su familia es que estudien, que tengan una carrera, un futuro digno. Que no se queden, como ella, tejiendo alfombras.

Las dos cosas son ciertas a la vez, y ahí está, creo, lo más honesto de Fatema. Ama el oficio y no quiere heredárselo a nadie por obligación. Enseña a las suyas porque la cadena pesa y porque las manos hacen falta, pero su deseo verdadero es que esas mismas niñas tengan la opción de marcharse del telar. Lo que el taller produce no alcanza para todo lo que la familia necesita —los pequeños van a colegios semiprivados, que cuestan—, y esa cuenta que no termina de salir es, en el fondo, la que decide el futuro del oficio. No lo decidirá la nostalgia. Lo decidirá si tejer da o no da para vivir.

Nos fuimos sin comprar nada, como le habíamos avisado. Fatema no cambió de cara por eso. Volvió al telar, las manos otra vez a su velocidad imposible, y nos despidió con la misma calidez con la que nos había recibido. Tarek nos llevó de vuelta hacia la medina mientras los rezos seguían sonando sobre los tejados.

Salí con la mochila igual de vacía que había entrado y con una idea menos. La de que el hombre que te aborda en la calle solo quiere tu dinero. A veces es así. Aquella tarde no lo fue.

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