On My Way · CRÓNICA
La decepción de Ras Al Jinz
Andrea González · 18 de marzo de 2026 · 7 min de lectura
La ilusión no se cayó en la playa. Se cayó en la recepción.
Tenía la foto antes de tener los billetes.
La compuse meses antes de viajar, una tarde cualquiera frente al ordenador: una tortuga recién nacida saliendo de la arena con la primera luz, cruzando la playa hacia el mar, y yo agachada a un par de metros, mirándola, mientras mi pareja apretaba el disparador. No tocaría nada, claro. Solo miraría. Era una foto sobre el respeto. La tenía tan clara que pagué bastante más de lo que pensaba gastar con tal de asegurármela.
Había dado con Ras Al Jinz curioseando el itinerario de una semana por Omán que estaba montando yo misma. Primero un blog, después TripAdvisor, después la propia reserva. Lo que leí encajaba con lo que quería oír: una reserva de conservación de tortuga verde, una playa protegida en el extremo oriental del país, avistamientos nocturnos con luz roja para no molestar al animal, prohibido hablar, grupos reducidos. Y el argumento que me terminó de convencer: si te alojabas dentro de la reserva, más caro que los hoteles del pueblo, te aseguraban la salida a ver a las tortugas en un entorno cuidado. Reservé dentro.
Mi razonamiento fue tan limpio como ingenuo. Es una reserva, luego cuidan a los animales. Es cara y exclusiva, luego es seria. Es seria, luego es ética. No se me ocurrió que las tres cosas pudieran ser verdad y aun así salir mal. Tampoco ayudó que, para un país tan lejano y con tan poco viajero español, apenas encontrara reseñas en las que apoyarme. Donde no había información, puse fe. Llené el hueco con el folleto.
Llegamos desde Sur una tarde de octubre, con el calor todavía pegado al coche de alquiler. La reserva está en mitad de casi nada, donde la tierra se acaba contra el mar de Arabia. Las habitaciones estaban gastadas y el museo funcionaba a medias, con la mitad de las pantallas apagadas. Lo excusé sin esfuerzo: imaginé que cada rial iba a las tortugas y no a la moqueta. La primera grieta fue tonta y la dejé pasar. Pensé que para un sitio que se vendía como íntimo había demasiadas habitaciones.
La playa de la reserva de Ras Al Jinz
La ilusión no se cayó en la playa. Se cayó en la recepción.
Nos habían citado al atardecer para la salida nocturna, y la sala se fue llenando de gente. No solo de huéspedes —la reserva no tendría más de treinta y tantas habitaciones—, sino de personas que iban llegando de otros alojamientos, esos más baratos a dos, tres, cuatro kilómetros, junto al pueblo. Yo había pagado de más justamente para no estar entre tanta gente, y ahora esa gente entraba por la puerta y se sumaba a nosotros. Conté cinco minibuses. Unas veinte personas cada uno, cuatro guías. Mientras subíamos, lo pensé con esas palabras exactas: hemos caído en una trampa para turistas.
La playa, al menos, era de verdad. Salimos a una oscuridad total, sin más luz que la luna, y un fresco que en octubre, de noche, pedía una chaqueta fina pese al calor del día. Olía a mar y a arena mojada. Se oían las olas, los susurros, y por debajo los motores de los todoterrenos yendo y viniendo. Esperamos unos quince minutos y entonces la vimos entera: una hembra cavando, las aletas traseras moviéndose despacio para tapar los huevos con arena. Por un momento fue exactamente lo que había imaginado.
Duró poco. Los grupos eran de doce, quince personas. Había niños que gritaban y padres que no los callaban. Saltaban flashes que el guía había prohibido nada más bajar del minibús, y que el mismo guía dejaba saltar. La luz roja y el silencio del folleto convivían con todo lo contrario, y nadie parecía encargado de sostener la diferencia.
Lo peor llegó por la mañana. Volvimos al amanecer a ver las crías, que era el motivo verdadero del viaje, y la playa me dio una lección que yo no había contratado. Muchas tortuguitas estaban muertas. Algunas no habían llegado al agua porque la marea había bajado demasiado; otras nunca llegaron a nacer porque los zorros, que se comen los huevos, habían hecho lo que hacen los zorros. Eso no era culpa de nadie. Era la playa siendo una playa de desove, donde la mayoría de las crías no lo consigue, y donde el amanecer no se parece a la postal que yo había montado en casa. Parte de mi decepción de aquella mañana, la más incómoda de reconocer, era simplemente que la realidad no me debía la foto que yo le había pedido por adelantado.
Pero la otra parte no era naturaleza. Las pocas crías que sí avanzaban hacia el mar se encontraban con cámaras puestas delante, bloqueándoles el paso para el primer plano. Vi a niños cogerlas en brazos antes de que llegaran al agua, con sus padres mirando. La arena estaba marcada por las rodadas de los todoterrenos con los que los guías se avisaban unos a otros de dónde había tortugas, y esas rodadas habían pasado por encima de los nidos. Los guías lo veían. No hacían nada.
No me hice la foto. Cuando llegó el momento que llevaba meses imaginando, me vi a mí misma agachándome con la cámara, una más entre las cámaras, y no pude. No por superioridad: me sentía parte de aquello, no fuera. Justamente por eso no pude.
He pensado bastante en Ras Al Jinz desde entonces, y me cuesta dejarlo en “turismo masivo, qué horror”, porque sería mentira a medias. Es una reserva real. Hay ciencia detrás, hay protocolos escritos, hay decenas de miles de tortugas que vuelven cada año a esa misma arena, y los meses tranquilos de invierno seguramente se parecen más a lo que prometen. El problema no es que la conservación sea falsa. El problema es que una cosa verdadera se dejó desbordar por la cantidad de gente a la que se la vende, y que yo, en octubre, en plena temporada, era esa cantidad de gente. Compré una historia bonita porque quería que fuera verdad, no investigué lo suficiente, y me molesté con el mar por no interpretar el papel que yo le había escrito.
Seguimos viaje hacia el desierto esa misma mañana, a dormir una noche en las dunas de Wahiba. Llevaba la tarjeta de la cámara casi vacía. La foto que había imaginado durante meses no existe, y es la única de todo el viaje que sigo recordando con detalle.