On My Way · CRÓNICA
Qué hace un monumento a Tiananmén entre Nevada y California
Andrea González · 25 de abril de 2026 · 6 min de lectura
Te detienes por curiosidad y arrancas por incomodidad, y casi nunca te paras a separar una rareza de un cementerio.
La noche anterior habíamos llenado el mapa de chinchetas. Era una de las últimas etapas de un viaje por carretera de Denver a Los Ángeles, y el tramo de Las Vegas a Los Ángeles por la Interestatal 15 venía sembrado de cosas curiosas: las piedras de colores de Seven Magic Mountains, una gasolinera con temática alienígena, un pueblo fantasma llamado Calico y, entre todo aquello, lo que en Google Maps anunciamos como “un parque comunista o algo así”. Lo pusimos en la lista igual que lo demás, sin preguntar demasiado. Una rareza más para romper el desierto.
Esa mañana, conduciendo entre dos paradas, apareció un “64” gigante levantándose de la nada, a la izquierda de la autopista. Salimos hacia él. Lo que parecía una carretera era en realidad un camino de tierra lleno de baches, y nos costó entrar. Había un cartel oxidado y, después, un pasillo con fotografías de hombres que parecían dirigentes, caras serias que no supimos identificar. Al final del camino se abría un descampado con esculturas: figuras grandes, alegóricas, que no entendimos. Reconocimos el número. No entendimos nada más.
Liberty Sculpture Park, junto a la Interestatal 15, California.
No me bajé del coche.
Hacía un viento de abril que levantaba la tierra, y de los pocos coches que curioseaban por allí no salía casi nadie. Y había una persona sola yendo de coche en coche, gesticulando en el aire, tratando de explicar algo que desde dentro no alcanzábamos a oír ni a comprender. Los aspavientos me dieron reparo. Preferí quedarme dentro, con las puertas cerradas, mirando las estatuas a través del parabrisas como quien mira un escaparate por el que ha decidido no entrar. Mi pareja y yo nos dijimos lo que se dice en esos casos —“mejor seguimos”— y arrancamos. Desde la carretera, al irnos, todavía vi algunas esculturas de refilón. El “64” se quedó atrás por el retrovisor.
Hasta el pueblo me hizo sentir de fuera. Al cruzar Yermo, esa cosa pequeña de cuatro casas en mitad del Mojave, la gente se quedaba mirando nuestro coche. No pasaba nada. Solo que no era nuestro sitio, y se notaba.
Lo busqué más tarde, cuando recuperamos cobertura. Se llama Liberty Sculpture Park y lo levantó en 2017 un escultor disidente chino en un trozo de desierto pegado a la autopista. Es un memorial a las víctimas del comunismo en China. El “64” que yo había visto como un número raro marca el 4 de junio de 1989, el día de la matanza de la plaza de Tiananmén, una fecha que en China sigue censurada; está plantado a seis mil cuatrocientas millas de aquella plaza, como un eco puesto en el sitio más improbable. Lo demás que no entendí —el hombre frente al tanque, una figura encerrada en una jaula— tenía nombres y muertos detrás. Y leí también que el parque ha ardido más de una vez, y que quienes lo mantienen están convencidos de que fue a propósito. Resulta que alguien se lo toma lo bastante en serio como para querer quemarlo.
He pensado en eso más de lo que esperaba. No en el comunismo ni en China, sobre los que no me corresponde sentar cátedra desde un coche de alquiler. He pensado en mí. En que había metido la memoria de miles de muertos en la misma lista que unas piedras de colores y una gasolinera de marcianos, y que conduje hasta ella como se conduce hasta una atracción de carretera: a ver qué es esto. Y en que, cuando llegué, ni siquiera bajé la ventanilla.
Los viajes por carretera tienen esa trampa. Vas coleccionando paradas, y la velocidad con que se acumulan te hace tratarlas a todas con el mismo peso, que es ninguno. Te detienes por curiosidad y arrancas por incomodidad, y casi nunca te paras a separar una rareza de un cementerio.
La persona que iba de coche en coche, gesticulando, era seguramente alguien que cuida ese sitio. Lo que intentaba contarnos, agitando los brazos contra el viento, era probablemente lo mismo que yo terminé leyendo en el teléfono una hora después, ya lejos. Hui de la única persona dispuesta a explicarme dónde estaba, y luego lo busqué sola en una pantalla. No sé qué hacer con esa imagen, salvo dejarla aquí.