On My Way · CRÓNICA
Wahiba, la noche que esperaba mi padre
Un regalo de cumpleaños y un cielo que no estaba en el precio
Andrea González · 5 de octubre de 2025 · 8 min de lectura
Y esto no se podía comprar, ni reservar, ni fotografiar, y aun así nos lo habían servido sin que figurara en ninguna parte.
Mi padre llevaba meses hablando de esa noche.
Le había regalado Omán por sus sesenta años, una semana de carretera por el país, y de todo el itinerario —los wadis, la costa, las tortugas de Ras Al Jinz— lo que de verdad esperaba era dormir una vez en el desierto. Lo sacaba a la mínima, con esa ilusión algo tímida de quien no quiere parecer que pide demasiado. Así que cuando enfilamos por fin hacia Bidiya, el último pueblo antes de la arena, yo iba más pendiente de su cara que del paisaje.
En Bidiya nos esperaba un todoterreno. Dejamos allí el coche de alquiler que nos había llevado por medio país y nos subimos los tres —mi pareja, mi padre y yo— para los veinte y pico minutos que separan el asfalto del campamento. La carretera se acaba de golpe y empieza la arena. El coche se inclina, resbala y vuelve a subir por las dunas como si se las supiera de memoria, y uno se agarra a lo que puede mientras el conductor habla por la ventanilla con alguien que ya no se ve. Cuando paró, había diez tiendas dispuestas alrededor de una más grande, abierta por los lados, que servía de comedor y de sala común. Nada más. Eso era el campamento entero.
Conviene que lo diga claro, porque con estas cosas es fácil mentirse. Aquello era un sitio para turistas. Lo había encontrado en Booking. Tenía enchufes. Cada tienda llevaba pegado un baño minúsculo, montado con barras metálicas y mallas negras sobre un suelo de azulejos, con una ducha de chorro flojo que, no sé bien por qué, fue lo que más me sorprendió de todo el lugar: poder ducharme allí, a media hora de la última carretera. A cenar nos sentamos el personal, que eran tres personas, dos parejas de italianos con cara de andar también de viaje, y nosotros. La vuelta por las dunas venía incluida en el precio. Si quisiera venderte el desierto auténtico, este no sería mi ejemplo.
Y sin embargo.
Las puertas de las tiendas se cerraban pasando unas cuerdas por unos ojales, a mano, una a una, y ese gesto pequeño ya te sacaba de cualquier hotel. Dentro, el suelo desaparecía bajo las alfombras y había dos camas grandes; en la nuestra dormimos los tres sin estrecheces. El hombre que nos recibió nos lo enseñó todo con una amabilidad que no parecía de oficio, y se quedó un rato charlando de dónde veníamos. Alrededor había una cosa que no se puede fingir ni reservar: silencio. Silencio de verdad, el que solo aparece cuando no hay un pueblo, ni una carretera, ni una nevera zumbando a cien metros.
Al caer la tarde salimos otra vez en el todoterreno a recorrer las dunas. Se nota en el estómago el momento en que el coche cae por una cresta de arena, esa media décima de vacío antes de que las ruedas vuelvan a agarrar. Subimos hasta lo alto de la duna más alta, desde donde se veía el campamento allá abajo, diminuto, una hilera de puntos claros sobre el naranja. Nos quedamos mirando cómo se iba el sol. Mi padre no decía gran cosa. No hacía falta que dijera nada.
Cenamos cuando ya era noche cerrada. Y en algún momento, sin avisar, alguien apagó las luces de la tienda grande.
Las estrellas ya se veían antes, muchas, más de las que se ven en casa en un año entero. Pero cuando se apagó la última bombilla el cielo se encendió de golpe. No es una forma de hablar: se encendió, como si alguien hubiera subido un interruptor en otra parte. Saqué el móvil, claro que lo saqué. Quería guardarlo, llevármelo, poder enseñárselo a alguien al volver. La pantalla devolvía un rectángulo negro con cuatro puntos pálidos, una versión pobre y mentirosa de lo que teníamos encima de la cabeza. Lo intenté tres o cuatro veces y me dio rabia, una rabia pequeña y muy conocida, la de querer meter algo enorme en un bolsillo. Al final guardé el teléfono. Me quedé mirando hacia arriba, al lado de mi padre, que también miraba y también callaba, y ahí entendí que el regalo no era la tienda, ni el todoterreno, ni la cena. Era esto. Y esto no se podía comprar, ni reservar, ni fotografiar, y aun así nos lo habían servido sin que figurara en ninguna parte.
Sands Dream Tourism Camp
Dormí bien, mejor de lo que esperaba, aunque reconozco que pasé un rato con un ojo abierto. Por la zona merodeaban dromedarios, y me daba cierto reparo que a alguno le diera por asomar la cabeza entre las cuerdas de la puerta. No lo hizo. Nos despertamos con el amanecer, sin prisa, con esa calma que da no tener absolutamente nada que hacer ni a donde ir. La arena de la mañana era finísima y el viento la movía despacio, borrando y volviendo a dibujar. Encontré nuestras propias pisadas de la noche anterior, ya medio deshechas, y me pareció justo que el desierto no se guardara nada tampoco.
No te voy a decir que encontré el desierto verdadero, porque sería mentira. Encontré un campamento bien llevado, pensado para gente como yo, con su baño de azulejos y su excursión de tarde incluida en la factura. Lo que pasa es que a veces lo que está montado para ti también te alcanza de lleno, y no por descuido del montaje, sino a pesar de él. Pagué por una noche en el desierto y me llevé otra que no estaba en el precio: mi padre estrenando los sesenta con la cabeza echada hacia atrás, mirando un cielo que ninguno de los tres consiguió fotografiar.